Recuerdo algunas despedidas que he vivido en este aeropuerto Toncontin, especialmente cuando tocó despedir a mi abuela en 1979, quien vivió muchos años en New York. Siempre que veo caras tristes o miradas perdidas, recuerdo mis años de niñez, y lo duro que es para grandes y chicos decir "adiós".
Somos nosotros mismos los que tenemos el poder de decidir cómo vivir cada jornada, cada nuevo día, cada vez que logramos contemplar un amanecer. De esa decisión dependerá nuestra felicidad o tristeza, porque somos los constructores de oportunidades de cambio, de mejora, de nuevos comienzos.